domingo, 9 de agosto de 2009

La Lettre 1


Para: ****
Asunto: “Brown Sugar”
¿Recuerdas la fiesta que diste y que me perdí? Hay días en los que me arrepiento de no haber ido, sobre todo cuando Valentina me hace recuentos de lo que pasó esa noche, de los desvaríos de Jorge entre el azúcar morena, anfetas y fairytales. Claro, que como no uso drogas eso es lo menos importante, lo que realmente me hace odiar el haberme quedado en mi cuarto escuchando el “We are all writers” de Julian Nation (19 minutos que repetí toda la noche), es que no pude ver como sacaste a ese tipo pesado con el que salías, lo odiaba tanto que hubiese podido matarlo, sabes que nadie lo extrañaría, habría sido como un premio después de ver como te golpeó en aquella otra fiesta desdichada.

Sí, lamento haberme perdido tu fiesta, pero no lamento lo que le hiciste a ese idiota.

Esto no es tanto como una carta, mas bien una nota de disculpa y felicitación por tu comportamiento heroico (no hagas caso de toda la basura que hablo, sabes que a veces me mudo al siglo XVII), lo que realmente quiero decirte lo haré después, en persona y cuando decidas perdonarme. Por ahora es todo, ya ves que han pasado tres meses y he logrado sobrevivir, un abrazo y adiós.

L

P.D. Ah, recuerda no usar los zapatos verdes cuando llueva y recuerda que el ácido marrón no es bueno.

She’s Lost Control...




Dedicado a J.G. por contarme la historia y a Ian, que a veces perdía el control.


Concentrado en esa luz que se ve debajo de las escaleras eléctricas del metro, camino.Voy acompañado, pero me siento solo.

Escucho un ruido sobre mi cabeza, alguien se cayó en las escaleras.

Me acerco y la veo, tirada en el piso, una rosa de piedra, pateando y gimiendo, creo que sonríe. Recuerdo una canción: “Confusión en sus ojos que lo dice todo, ella ha perdido el control”
La gente se acerca y todos ven, pero nadie ayuda.

Y yo no puedo dejar de pensar, she’s lost control.

Francis se acerca, la toma de la mano, en el piso. (“y se voltea hacia mi y me toma de la mano y dice, perdí el control otra vez”), parece avergonzada, si tuviese un espejo, no se vería.

Una mujer pregunta si se ha hecho daño, casi afirmándolo, esperando que le diga que sí, lo único que puedo decir es: she’s lost control. Por supuesto no comprende y vuelve a preguntar.

A los que están con ella no parece importarle y la ven como si nunca fuesen a entender o saber porque ella dice que ha perdido el control otra vez.

Y veo en sus ojos, en su cara, su pelo derramado en el suelo y recuerdo esa parte de la canción que dice: “pero ella se expresa por si misma de muchas formas, hasta que pierde el control”, realmente creo que es así.

Poco a poco, ya no tiembla ni patea, ya no cree que va a morir, la ayudan a levantarse y camina, lenta, tomada del brazo de un hombre, la gente sigue hacia el metro, ella se aleja.

Regreso a las escaleras y veo esa luz azul que está debajo de ellas y pienso, como en la canción, que “podría vivir un poco mejor con mentiras permisibles, podría vivir un poco en una línea más ancha, cuando el cambio se haya ido, cuando la valentía se haya ido” y aun así perder el control.

jueves, 2 de julio de 2009

The Boy at a Fancy Dress



Lo vi por primera vez en una fiesta, en la parte donde suelen colocarse los hombres que comparten secretos, no parecía infeliz, distante si, pero no infeliz.
Me gustó la forma como vestía, un traje de pana verde oliva y unos lentes negros de pasta, cualquiera lo hubiese tomado por un intelectual falso, pero yo sabia que era más que eso.
Me dijeron que vivía de su cuerpo y me pareció tan sórdida la historia que no quise oírla, preferí imaginármelo de otra forma, o de la manera correcta, un muchacho que escribía poemas divertidos y usaba un traje extravagante. ¿un disfraz?;por supuesto. Aunque ya no importa, hace mucho que dejé de verlo; y hace mucho que dejó de escribir esos poemas graciosos.

Paper Cut


Jorge cuidaba la iglesia los días de semana.
Los lunes, cuando el padre ya se había ido y las últimas señoras del pueblo dejaban el altar solo, él subía al campanario y escribía canciones, decía que se las enviaba dios, cada letra escrita era una experiencia mística, eso decía él, o por lo menos así debía ser.
Jorge no era viejo, era casi un niño, pero era sabio y cuando sonreía su rostro se iluminaba.

Pero había algo que no le gustaba a Jorge, la biblia. No le gustaba leerla porque decía que el borde dorado del papel le cortaba los dedos.